Su vida es una vorágine de alcohol, un mundo desconocido al que es difícil ingresar.
Pocos conocen su verdadero nombre.
Sí saben donde vive, el “pueblo viejo” es su morada. Una casita extraña encerrada entre plantas de sauces y malezas que el tiempo se encargó de cubrir, restos de objetos en desuso que nadie sabe para qué los guardará.
“Taquillo” tiene apellido que certifica su identidad pero por razones de respeto no se darán a conocer en este relato.
Es uno de los típicos y pocos personajes que quedan en el pueblo de Urdampilleta. Pueblo que siempre estuvo dividido por la configuración de ser viejo y ser nuevo.
Por ello es fácil oír a quien se identifica con la frase ¨vivo en el pueblo viejo¨ o ¨vivo en el pueblo nuevo¨.
Una calle separó con el tiempo ambos tipos de pueblo y aún se conserva en la actualidad.
El boliche de la época alberga los recuerdos del paso de “Taquillo” por él.
Todos los días, parroquiano empedernido de alcohol, naipes y charlas sin sentido, c
oncurría al boliche de la esquina, allí su dueño lo esperaba como de costumbre, conocedor de que el personaje descripto no faltaba a ninguna cita: “vamos a tomar una copa”, invitación que lo convocaba y lo hacía salir de su refugio, su casa.
Subía a un carrito que él llamaba sulky, pero que tenía algunas modificaciones en las ruedas, no eran de madera sino de goma, no era tan alto como los sulky, el había hecho reducir la altura de los elásticos.
Claro, había que simplificar un problema: ¿cómo subir cuando las bebidas se le subían a la cabeza?.
Cuando su vehículo no estaba en condiciones iba a caballo, simplemente, con el mismo caballo de tiro que usaba, con sus perros. Muchos perros que lo seguían pacientemente hacia cualquier destino.
Esa tarde de mucho calor, fue al boliche de Don Roque, fue a caballo, llegó despacio, ya traía una lentitud incorporada a su cuerpo, jugó a las cartas con los parroquianos de siempre, bebió algo, después otro poco más y así fue cayendo el sol de verano suavemente sobre la modorra pueblerina, hasta que tomó la decisión de irse.
En la vereda jugaban los nietos de Don Roque, el alboroto era enorme, gritaban, cantaban.
De pronto el silencio se hizo un hueco grande. Vieron a “Taquillo” en el suelo y a su caballo quietito sin moverse. Como si no hubiera pasado nada.
Los chicos corrieron a levantarlo. Lo ayudaron entre todos a poner un pie en el estribo,
el caballo inmóvil, como acostumbrado a estos problemas. Colocaban el pie y lo empujaban, le decían que se sostuviera de las crines. A duras penas lo lograron subir, cuando ya estaba arriba, ¡oh! , qué susto! Se cayó para el otro lado.
Ahí encontraron la respuesta a lo que habían observado con anterioridad.
”Taquillo” otra vez en el suelo. Y su caballito fiel esperaba con parsimonia que el jinete lograra quedarse quieto en la grupa, algo que siempre le costaba cuando el alcohol llegaba al 100 % de nivel.
Los intentos fueron muchos, hasta que lo consiguieron.
Les resultó increíble la escena que vivieron a continuación, el caballo cuando percibió que el beodo ya estaba más o menos firme comenzó a caminar despacito cuidando de no tirarlo y así…lentamente recorrieron las 15 o 20 cuadras hasta la morada de “Taquillo”.

Han pasado muchos años de este relato, nuestro personaje protagonista, aún sigue viviendo, todavía se embriaga, sale con sus perros, su sulky y su caballo, ya no hay despachos de bebida, pero él va a buscar bebidas que oculta bajo sus harapos, que deleita en soledad en su rancho.
Los relatos quedaron en el tiempo, los personajes se mantienen inalterables y nos queda como reflexión la frase: “Lo que no mata, fortalece” asegurando que el alcohol no es tan malo como dicen, alivia las penas y en algunos casos alarga la vida de quien lo ingiere.
Yoyi (2010)
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