
*Esta poesía la escribió mi mamá para el día de la familia y fue presentada en el Jardín 902 cuando yo iba a la Salita de 3 años.

*Esta poesía la escribió mi mamá para el día de la familia y fue presentada en el Jardín 902 cuando yo iba a la Salita de 3 años.

Mi árbol brotó,
mi infancia pasó
y hoy bajo su sombra
que tanto creció
tenemos recuerdos
mi árbol y yo.
Alberto Cortés
Esta es la casa en la que nací, crecí y viví hasta los 16 años, era de mi abuela Ninfa y sus hermanos, no sé por qué mi papá se quedó a vivir en ella. No estaba pintada de rosa sino de blanco. Era muy humilde. Los pisos eran de ladrillo, las habitaciones pequeñas. Fue mi primer mundo, el mundo de mi niñez.
No había una tranquera en ese entonces, sino que estaba rodeada de ligustrina. Se entraba por un caminito rodeado de plantas de jardín: estrellitas, junquillos, espuelas de caballero, menta.
Un cerco muy alto encerraba los seis terrenos que comprendía la finca. Cerco que cortábamos casi todas las semanas con grandes tijeras de podar. Crecía muy rápido.
Las dos chimeneas que se observan corresponden: una a la cocina de leña y la otra a la estufa a leña. En la cocinita de leña asábamos batatas que cosechaba mi papá de la quinta.
Había muchas plantas a su alrededor especialmente del lado izquierdo: laureles, higueras, siempreverdes, eucaliptos, acacias, granadas…
Allí en el patio había un enorme árbol de aromo, que me deslumbraba en primavera con la explosión de sus flores, debajo pendiendo de sus ramas estaba mi hamaca, hecha por la paciencia interminable de mi viejo, mi querido viejo, mi papá, dos cadenas y una rústica madera de albañilería, su trabajo.
Ya no está el árbol, yo tengo 58 años y él seguramente murió. Tenía un tronco muy grueso que delataba su edad.
Todos tenemos un árbol, este fue el árbol de mi vida, he tenido otros, pero tal vez no tan importantes en los diferentes lugares en los que viví.
Es que, él me escuchaba cantar, mi papá me compraba los libros de canciones de los autores de moda: Leo Dan, Palito Ortega, Johnny Tedesco, etc. Y yo simulaba ser cantante de la Nueva Ola como el grupo al que ellos pertenecían, y cantaba, cantaba todo el tiempo, mientras me hamacaba. Así pasé muchas tardes, muchas mañanas y mucho tiempo, lo disfrutaba tanto que me siento feliz hasta en mis recuerdos.
Todavía me gusta cantar y adoro la música con la diferencia que cambiaron los temas, cambió mi voz, ahora desafino más aún.
Mi casa de la infancia en la actualidad es un haras, ahí tienen caballos, donde era mi dormitorio hay un caballito que asoma la cabeza, cambiaron la ventana ahora es un pequeño hueco por donde el caballito se asoma.
Yo también miraba por allí, pero era una ventana con vidrios que me permitió mirar la vida con ojos de niña, los días de invierno, los días de primavera, los días que fui viviendo y haciéndome adolescente.
En la vereda que se observa delante de la casa en las noches de San Juan y San Pedro prendíamos fuego las cubiertas viejas de la Fort A de mi papá. Y rodeando el fuego gritábamos, mi hermano y yo con los vecinitos que se reunían: “Viva San Juan Y San Pedro, la cola del gato negro”. A la mañana siguiente algún estómago resfriado le contaba a mi maestra: “Sabe señora como gritaba esta niña anoche” y yo escondía mi cara me hacía chiquitita en el banco de clase, me daba vergüenza.
Juntábamos fuentones llenos de higos para hacer dulces, cortábamos las uvas del parral, bajo el laurel había una fiambrera, nada de heladera ni de freezer, no teníamos. En ella se guardaba la carne fresca. Yo nací en el año 1952, ya se había inventado la heladera en algunos hogares tenían a kerosene, pero nosotros compramos una por primera vez cuando yo tenía 16 años y nos mudamos a la casa nueva que con mucho esfuerzo comenzó a construir mi papá en el año 1955 (yo tenía 3 años) (quiere decir que tardó trece años en terminarla).
Era una especie de cajita de madera con tejido de malla pequeña para que no entraran las moscas e insectos en general. Por una puerta se introducía la carne.
Ahora lo entiendo, él trabajaba todo el día y los fines de semana seguía la construcción. Creo que heredé sus gustos: la música, el trabajo, el amor por las plantas. Teníamos una gran huerta y árboles frutales.
Mi papá ya no vive, me quedaron hermosos recuerdos vividos junto a él. Me quedaron sus fotos, su diploma de arquitecto (estudió por correo), los planos que dibujaba a mano, sus conversaciones registradas en mi memoria, los viajes cuando íbamos a pasear a Tandil, a Carhué, a Lomas de Zamora, a Olavarría, a Bolívar todo por camino de tierra. Tocaba el saxofón en una orquesta vestido de blanco con una faja a la cintura.
Ojalá yo le deje a mis hijos lindos recuerdos para que puedan contarlos como lo hice hoy yo.Yoyi. (Marzo 2011)