lunes, 14 de marzo de 2011

Cuentos sobre rieles: El Loco Dionisio


Cuento ficcional relacionado con la Estación del Tren (Urdampilleta)


La estación está desierta, el sol comienza a alumbrarla, a los pocos minutos los fantasmas del pasado la invaden en la memoria del antiguo jefe, que se rasca la frente, alzando levemente su gorra. Faltan varias horas, las suficientes para poder recordar aquel día tan festivo.

El tren de vapor pasó mucho tiempo por estos rieles desgastados, hasta que un día dejó de hacerlo.

Las razones aludidas fueron la modernidad, la rapidez en las comunicaciones. Fue a parar a un olvidado galpón de los usados para guardar los cereales. Allí quedó con sus historias, con sus viajes arrumbado hasta que, quien sabe quién, lo rescatará para llevarlo a un museo.

Y vino avasallante el tren diesel, la conmoción, la rapidez y el deslumbramiento duraron unos cuántos años hasta que un día las autoridades del ferrocarril dijeron basta. Ya no era rentable seguir pasando por esta línea férrea como lo hacía siempre.

Junto con los trenes llegaban los personajes de siempre, las historias relatadas, las anécdotas, la enorme riqueza de productos transportados hacia los mercados de la Capital.

Suena el telégrafo, el jefe corre a recibir el mensaje, el alfabeto Morse se hace tecnología en sus dedos, punto raya, punto raya, el tren ya salió de la estación más cercana.

Sale presuroso y queda deslumbrado por lo que observa. En su bolsillo suena impaciente el teléfono celular con un mensaje.

Pasando la amplia tranquera que da acceso a los terrenos se acercan autoridades en lujosos autos, alumnos de escuelas con banderitas por doquier, docentes, personas del pueblo y todo vehículo que se pueda imaginar: bicicletas, motos, camiones, etc.

Grupos de jóvenes con pancartas y equipos de audio, caminan con ligereza por la premura del tiempo.

Se instalan unos sobre el andén y otros a la vera de las vías.

Algunos miembros de los partidos políticos han logrado que vuelva el tren. Todos festejan. Las miradas se pierden en la lejanía. Nadie quiere perderse el detalle de volverlo a ver primero.

El jefe mira la campana lustrada que volvió a colgar en su sitio.

La música comienza a sonar en forma estridente.

El cuchicheo de la gente se torna infernal

Por momentos piensa que mejor era el silencio, la nada a la que estuvo habituado muchos años, creyendo ver caminar en el andén la figura inconfundible de Dionisio. Pero luego respira resignado aceptando la nueva situación.

El gigante de hierro se acerca deslumbrante, magnífico, brillando por el sol, la gente se alborota, los chicos corren a las manos de sus madres, el ruido y lo imponente de la máquina les ocasiona miedo.

Los escolares agitan sus banderitas con fuerza, los jóvenes comienzan a cantar "Bienvenidos al tren" de Sui Géneris

Recoge tus cosas y largo de aquí
En nombre de Cristo, no quieras seguir
Si nadie me acepta, okay, ya me iré
Estoy esperando que llegue mi tren

…………………………..

Se detiene, la comitiva es numerosa, comienzan los discursos de rigor, las justificaciones innecesarias y todo lo que el protocolo político obliga dar a conocer en estas situaciones.

Alguien aplaude en un momento inoportuno, cuando el texto va por la mitad.

El jefe cree que es el alma de Dionisio que deambula por el andén.

Las miradas se desvían hacia todas partes, no se identifica al dueño del aplauso. El traje gris flota y pasa desapercibido.

El jefe cree que fue él "el loco Dionisio" muy conocido por sus chifletes cotidianos. Pero reflexiona al instante, no puede ser, por su edad ya debe haber fallecido.

¿Y su alma? No habrá quedado vagando por el andén que tantas veces recorrió y las numerosas veces que subió y bajó de los trenes.

Era un visitante asiduo que venía en un tren y se iba en otro.

Recorría el pueblo, visitaba a los que pacientemente escuchaban sus locuras varias y luego se iba. Flotando en su traje gris…como gris era su alma…llena de pajaritos y estrellas de un mundo que no existía… su imaginario.

Los discursos y alegatos terminan, el aplauso se generaliza.

Todos suben presurosos al tren, quieren participar de este viaje del retorno. El jefe se prepara para tocar la campana como lo hacía siempre, como lo hizo la última vez, con fuerza, con la energía del regreso.

Se escucha el sonido, ya están todos a bordo, echa una última mirada y le parece ver un hombre de traje gris subir apurado.

El día festivo ha terminado, comienza a cerrar las viejas puertas de doble hoja, mira el bebedero y le parece ver humedad reciente. Alguien lo utilizó como antaño para saciar la sed.

Yoyi (2010)

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